Hace varias semanas que arrancó esta crisis socio-sanitaria y económica y esta cultura patrialcal-adultocentrica no tardó en acometer, como una de sus primeras medidas, el confinamiento de cualquier indicio de infancia y juventud, haciendo de las calles una vez más, un solar inerte carente de alegría.

Esta medida de confinamiento deja entrever la primera premisa adulto-céntrica de vaciar nuestras calles de niñ@s, viniendo a reflejar el poco valor que nuestra cultura da a la infancia y por ende a sus necesidades. Los niñ@s nos molestan, vienen a decir con palabras pintadas de precaución. Según sus valores( adulto-centristas y patriarcales), estas criaturas a medio hacer solo   entorpecen la desmedida voracidad adulta que ni siquiera hace amago de frenar un poco y detenerse a mirar a su alrededor. La cultura adulta parece empeñada en negar las premisas biológicas de colaboración de las que estamos constituidos, construyendo sociedades competitivas y negadoras con las necesidades humanas más básicas.

Estos diseños adulto-céntricos y patriarcales de nuestras sociedades ya relegaban al confinamiento a nuestra infancia y juventud en sus centros habilitados para la deformación y la reconstrucción del “buen ciudadano”, en base a la obediencia ciega a una autoridad exterior, en la aceptación incondicional a unas rutinas creadas por profesionales y en la negación sistematizada de las necesidades personales en aras de un buen “acoplamiento social”. Esto es, mirar primero hacia el exterior (autoridad) y negar o aplacar cualquier llamado interior que contradiga las exigencias externas. Estas premisas tienen como fin último, la creación de ciudadanos “obedientes” que no contrastan con su intuición y su propio código ético las órdenes externas, y que como un reloj de arena va dejando escapar granos de autonomía hasta quedar vacíos y condenados a la obediencia a ese “estado” que nos salvaguarda y nos vuelve a rellenar de necesidades sustitutivas.

En este “breve” espacio de tiempo que la especie humana se ha visto “obligada” a dar un paso atrás, la naturaleza no ha perdido el tiempo en empezar a recuperar su lugar robado, animales como los delfines se acercan a aguas más limpias cerca de las costas, las cotas de contaminación atmosférica han bajado asombrosamente y sobre todo la infancia a recuperado su hábitat esencial, LA FAMILIA.

En muchos casos, esta novedosa situación de encierro, muestra cómo la familia a delegado su construcción a las instituciones y profesionales que le rodean y ahora se encuentra “huérfana” de referencias y se ve abocada a reproducir, sin pensamiento crítico, los parámetros de control que el Estado habilita. Se acogen a rutinas impuestas desde fuera en forma de conexiones virtuales con la escuela y sus profesionales que a su vez,  inundan con cantidades ingentes de “deberes” que no tienen otro objetivo que invadir la tranquilidad del hogar. Inyectando dosis de dependencia hacia las instituciones y dejando en la puerta de cada casa el mensaje de “os seguimos controlando, nos necesitáis”.

En este momento de “parón forzado voluntario”, como si bruscamente  nos hubieran metido un palo en la rueda delantera de nuestra bici y después de salir despedidos de nuestro asiento,  nos encontráramos flotando en el aire, con nuestros sentidos alerta, intentando comprender qué nos ha traído hasta aquí, a la espera de resolver lo mejor posible la caída, en este momento, se pueden reorganizar las prioridades e imponer una nueva jerarquía donde la infancia recupere el epicentro, volviendo a dejar hueco a la valiosa costumbre de escuchar esa voz interna que siempre ofrece un marco diferente de prioridades y que hace que lo importante tenga más peso específico que lo urgente.

Reconectar con la importancia que tiene un núcleo relacional (familia, amigos, ciudad barrio etc.) fundamentado en el principio de placer, en donde las personas que convivimos en estrecha relación, nos alegremos de la existencia del otro y esto nos suponga una inagotable fuente de propuestas de mejoramiento del entorno emocional, afectivo, físico que co-habitamos.

En este sentido, la infancia no es que no tenga voz, sino que no se encuentran como deberían, las suficientes orejas que se detengan a escuchar. La colaboración de voces adultas que hablen de  ofrecer el  hueco que la infancia necesita para desplegar sus potencialidades y que nuestra cultura tenga verdaderas opciones de reverdecer y sanarse. Necesitan que les liberemos del marco de exigencia al que se les somete constantemente, para así poder convivir con regularidad entre otros niñ@s y jóvenes libres de determinismos adultos sobre lo incorrecto y lo correcto…libres de poder jugar a su antojo, construyendo una imagen propia del mundo, una imagen mejorada del mundo que les rodea.

La familia debería aprovechar este momento para reafirmarse como  primer núcleo convivencial fundamentado en el principio del placer de la mera convivencia, de encontrarse, de disfrutarse…de no parar de demostrarse la alegría de la existencia del otro… de la aceptación de aquello que no comprendo, del absurdo…

Para ello la escuela tiene que dar un paso atrás, tiene que perder poder, tiene que perder terreno como  eje relacional y que el logro de sus objetivos académicos no sea punto de inicio para tratarse con amor y respeto, con afectividad. Tenemos que invitarnos a espacios donde el mero hecho de ser, de participar ya sea suficiente para poder ser tenido en cuenta y poder coparticipar de la convivencia. Si la espontaneidad basada en la confianza vertebrára el día a día, los niñ@s  desplegarían con todo su potencial el juego libre, dejando visible una vez más, que este es una necesidad básica en el desarrollo del ser humano. Como personas adultas debemos entender el juego con la seriedad que se merece y no como una pérdida de tiempo infructuosa. Quizás si lo definieramos como “la práctica automotivada de destrezas vitales” le diéramos la importancia que se merece devolviéndole lo robado. De manera que los hogares confinados se reconviertan en ambientes donde la prioridad sea saltar, botar, construir, destruir, pintar, leer, charlar… ambientes donde, independientemente de la edad, todas encontremos un lugar para desarrollar nuestros juegos. Ambientes donde la alegría de tenernos y disfrutarnos lo tiña todo : alegría, enfados, risas y llantos…

Que todo aquello que l@s niñ@s hacen tan espontáneamente como respirar, esto es, la aceptación incondicional y la trascendencia de sus necesidades en aras de mejorar las condiciones de vida de las personas que les rodean, inunde nuestra cultura.

Nosotras hace 17 años que decidimos dejar el hueco que la infancia se merece preparando un ambiente donde el  juego libre florezca en un marco de autogobierno infantil y no ha habido un solo día, que no nos hayamos sorprendido de la capacidad inagotable de la infancia para mejorar los entornos donde cohabitan junto a adultos, si estos, dejan el hueco necesario, fundamentado en la confianza al potencial humano.

Jóvenes de 3 a 18 años conviven diariamente en una constante toma de decisiones ofreciéndonos a los adultos la oportunidad de vivenciar, cómo la colaboración forma parte de nuestras más profundas estructuras. Como “soñar en serio” es posible, y que estos sueños siempre tienen el fin último de mejorar a muchos diferentes niveles los entornos que habitamos.

Con esta experiencia a nuestras espaldas podemos y debemos afirmar con rotundidad, que el cambio que esta humanidad necesita vendrá fundamentado en un mirar respetuoso hacia la infancia. La forma en la que tratemos a la infancia, marca la calidad de nuestra cultura, por ahora no es para estar orgullosas ni conformarnos con lo hecho. La infancia en muchos casos no encuentra su lugar ni en las propias familias, o en todo caso el lugar que se les ofrece es un pequeño espacio rodeado de exigencia adulta que acaba por agotar la espontaneidad y no deja aflorar las innumerables potencialidades de la infancia para transformar su cultura.

Pero a pesar de esta situación de encierro voluntario estamos optimistas, esperanzados de que envueltos en este clima de incertidumbre se recuperarán certezas. Certezas como que el amor y la colaboración son energías que hacen de este mundo enfermo un lugar habitable, muy por delante del dinero y lo material. El dinero, aunque necesario, jamás podrá sustituir a la necesidad inherente del ser humano de co-cuidarse y colaborar por mejorar el entorno que habita. Y que el cambio vendrá dado de nuestra capacidad de reflejar en acciones nuestra indignación con cómo nos tratan, con cómo nos tratamos entre nosotras… indignarnos por como se trata  a la infancia, a las mujeres , a los ancianos por lo tanto obrar en consecuencia y DESOBEDECER.

Recuperemos y sobre todo devolvamos la voz a quien nunca la tuvo, a la infancia. A aquellos y aquellas que albergan el potencial humano intacto y se permiten soñar en serio que un mundo mejor es posible, sólo con querer un mundo mejor. Nada más nos detiene.