¿La educación autodirigida tiene cabida en el sistema escolar que el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte propone?

Comenzamos este artículo, que tan amablemente nos han pedido que escribamos para la revista “Rosa Sensat”, con una pregunta. Consideramos las preguntas esenciales en la construcción de una base solida de conocimiento. Siempre hemos pensado que una buena conversación tendría que tener un porcentaje alto de preguntas. Las cuestiones que nos vamos planteando a lo largo de nuestras vidas cambian nuestra manera de pensar, de percibir el mundo que nos rodea, cambian nuestra manera de ser. Una buena pregunta nos cambia profundamente, nos puede colocar en un espacio nuevo lleno de incertidumbre y lleno de posibilidades. Por eso consideramos que una buena pregunta vale mucho, muchísimo más que cien buenas respuestas. Los niños y las niñas nos invitan a crecer junto a ellos, por eso también creemos que las conversaciones con los niños están tan llenas de preguntas. Los adultos cuando nos dirigimos a los peques casi siempre lo hacemos en clave de pregunta. ¿Por qué será?

La escuela en cierto grado anula la curiosidad, merma la capacidad de hacerse preguntas. Durante los años de aprendizaje escolar que vivimos se valoraban e incentivaban las “buenas respuestas”, en cambio una buena pregunta podía ser censurada. Una pregunta muy común que creo que en algún momento de nuestro periodo escolar todos y todas nos hemos hecho es: ¿Para qué estudio esto ahora si tengo una sensación frustrante de que no sirve absolutamente para nada? “Para que tengas un futuro prometedor” nos han dicho, algunos llegamos a la conclusión de que los adultos que nos rodeaban preferían sacrificar nuestro presente por un futuro incierto… y prometedor. En aquel momento, no sabíamos muy bien a que se referían con eso y de esta manera transcurrieron los años, nada más y nada menos, que los veintitantos.

Corregían nuestras respuestas en vez de valorar nuestras preguntas. Estas respuestas que teníamos que dar, obligatoriamente, para calificar lo que se suponía que sabíamos, preguntas que no son las propias, preguntas, muchas de ellas ajenas a nuestra realidad. Dichas preguntas aparecían después de un tiempo extraño, complejo de entender. Casi siempre el tiempo en su percepción y manejo es extraño. Un tiempo dictado, otra vez, desde fuera, donde teníamos que estar recibiendo clases instructivas para después depositar todo aquel “conocimiento” en un examen. Podían ser trimestres o incluso semanas y después siempre el dichoso examen. Ese papel que caía en la mesa, ese papel que nos hacía temblar. ¿Qué tendrán los exámenes me pregunto yo?

Donde desarrollamos nuestro trabajo los niños y jóvenes que en el habitan no consiguen comprender el sentido que tiene que otros desde fuera tengan que validar lo que yo aprendo a través de una serie de herramientas absolutamente sancionadoras como son los exámenes. Estos chicos, estas chicas no diferencian el trabajo del juego, el aprendizaje de la vida. Tenemos una capacidad autónoma y asombrosa para aprender a través del cerebro corporizado. La cognición requiere movimiento, por eso no podemos entender el cognizar sin el cuerpo. Hablamos de una imagen corporizada de la mente. La cognición es un ejercicio combinado de conocimiento y acción corporeizada. Que en su día cortaran la cola del cerebro para estudiarlo (me refiero a la cola con la medula espinal y el resto de nervios distribuidos por el cuerpo) hace que hoy pensemos que el conocimiento solo lo posibilita el cerebro. Es más fácil contener la respiración que el propio aprendizaje. Por eso, es una pena saber que parte del sistema escolar todavía no está sabiendo sacar provecho a este potencial que, en definitiva, es el potencial humano. Aprovechemos el lenguaje que nos trae posibilidades maravillosas, como por ejemplo hacernos preguntas. Y no censuremos a los niños que hablan mucho en la escuela.

Una educación autodirigida se basa en hacerse preguntas, acto seguido buscar las respuestas, de vez en cuando cometer algunos errores y aceptar éstos como posibilidades de seguir aprendiendo para conectar dichas preguntas con otras. Creo que, de una manera muy natural, es lo que hacemos si se nos deja tranquilos y se nos prepara un ambiente favorecedor y estimulante para que podamos sacarle el mayor provecho. Estamos constituidos para aprender. Lo contrario cuesta más. De hecho, siempre hemos pensado que para que un niño o una niña no aprendan tendrían que vivir encerrados en una habitación sin contacto con el exterior. Aun así estoy seguro de que algo aprenderían ya que esa habitación se convertiría en su mundo, en su entorno.

“No existen relaciones instructivas entre organismos vivos”. La primera vez que escuchamos esto fueron palabras de Humberto Maturana Romecin. Su literatura merece la pena ser estudiada. Ya han pasado unos años y el paso del tiempo lo único que ha logrado es reafirmar estas palabras. Hoy lo creemos profundamente, más aun después de haber vivido rodeado de niños y niñas en un ambiente preparado durante los últimos 10 años de nuestras vidas. Un ambiente conscientemente preparado para que los niños y las niñas puedan interactuar en función de su guía interna, para que puedan acumular horas de felicidad mientras sus procesos de maduración van activándose. Puedan tomar sus propias decisiones a la hora de definir quienes quieren ser. Puedan aprender sin exámenes ni deberes, cada uno marca hasta dónde quiere llegar en su proceso de construcción de conocimiento. Tengan absoluta libertad para responder a las preguntas que ellos y ellas consideren interesantes.

Este proceso de construcción de conocimiento al cual me estoy refiriendo, es social, de hecho el proceso de recordar es un proceso social, se produce en colaboración con otras personas. Pero, en gran medida, el qué aprendo y con quién aprendo es una decisión individual, cada uno aprende lo que quiere y con quien quiere. Vivimos en una cultura en la que algo aparentemente tan sencillo como el hecho de que el aprendizaje viene dado con el acto de vivir, que uno aprende si tiene interés y que no siempre se necesita un maestro, resulta inconcebible.

La gente muchas veces nos pregunta: ¿Aprenden a leer y escribir solos? Como si fuera una especie de milagro… Les decimos que sí, les comentamos que viviendo en comunidad e interactuando en diferentes entornos, pero al fin y al cabo sin ninguna persona adulta que les este guiando. Cuando observo su sorpresa, reafirmo mi sensación sobre el efecto que tuvieron esos años de escuela sobre las personas adultas, esos años en los que no se podía y la verdad es que tampoco apetecía hacer preguntas. La escuela como una vaca sagrada, la escuela como el único espacio donde el conocimiento habita. ¿Cómo se daba el aprendizaje cuando no existía la escuela?,  ¿qué era la educación cuando no había educación?

Entender la educación como un proceso de transformación en la convivencia abre un espacio nuevo en el que la construcción colectiva de conocimiento coge un sentido vivencial. Los niños desde que nacen están dispuestos a aprender de los adultos. En cambio el adulto rara vez está dispuesto a aprender de los niños. El adulto se siente continuamente responsable del futuro de ese niño y de la responsabilidad de enseñarle, este sentir no le permite mirar el presente y dejar hueco para la convivencia respetuosa con la infancia. El adulto que convive con niños debería de tener interés por desarrollar una mirada abierta y respetuosa hacia la infancia. Valorar la extraordinaria capacidad que tiene la infancia para mejorar la especie humana.

Nos da pena pensar que hoy el sistema escolar está en otra dimensión, funciona bajo otro paradigma. Nos referimos al sistema escolar, no a los profesionales que desarrollan su trabajo en el mismo. Ya que existen muchos profesionales (en honor a la verdad hemos de decir que no todos), que trabajan y se comprometen en la búsqueda de cambios de paradigma educativo, se perciben ciertos cambios. Cada vez más niños están siendo mejor tratados y cada vez son más los profesionales dentro de las escuelas que se convencen de la verdadera necesidad de un cambio. Esto traerá en un futuro no muy lejano consecuencias incalculables.

Pero nos vemos en la obligación de insistir, y desgraciadamente el sistema todavía funciona bajo la mentalidad del siglo XVIII, con pasillos largos y celdas a los lados, totalmente carcelario. La estructura escolar la sujeta la idea de que las teorías de la enseñanza funcionan. Se considera la idea de que se puede enseñar cuando el que se supone que está aprendiendo no tiene ningún interés. Gastamos un montón de recursos económicos y humanos en crear materiales instructivos sin ningún sentido para el que tiene que utilizarlos, tanto el adulto que enseña como el niño que aprende. Gastamos un montón de energía y talento en hacer informes innecesarios para el buen funcionamiento del propio sistema. Desde aquí invitamos a los maestros y maestras de escuela a que desobedezcan ante la petición de tanto papeleo. Se puede y se debe desburocratizar la escuela. Toda institución excesivamente burocratizada con el paso del tiempo se deshumaniza. Una escuela absolutamente burocratizada resta tiempo y energía en dedicar atención a quien verdaderamente lo necesita, que en este caso es el niño. El niño no necesita que estemos todo el tiempo encima suyo, como mucho puede necesitar sentir nuestra presencia cercana y respetuosa hacia su necesidad de interactuar de una manera libre y espontánea con el entorno que nosotros como adultos podemos proporcionar. Cuando una escuela se desburocratiza, todo el tiempo que gastábamos en papeleo lo destinamos a reflexionar en torno a la idea de mantener seguro y apetecible ese entorno que con tanto cariño preparamos para los niños y las niñas. Empiezan a surgir preguntas tipo:

¿Cómo aprende un organismo vivo?

¿Cómo aprenden muchos organismos en desarrollo interactuando juntos de una manera libre y espontánea?

¿Se puede aprender sin interés? Sabiendo, como bien dice Piaget, que el “interés en un magnífico regulador de la energía”

Por último, me gustaría terminar este artículo con otra pregunta sencilla. ¿Qué sucedería si abriéramos las puertas de la escuela para que los niños y las niñas puedan salir y entrar cuando quisieran?

Existen un montón de proyectos distribuidos por el mundo en los que las puertas están abiertas para que los niños y las niñas, que en estos espacios conviven, puedan marcharse cuando quieran. Espacios en los que los niños y las niñas van felices a sus lugares de trabajo-juego. Estas iniciativas han venido para quedarse. Algunos los llaman escuelas libres, otras personas dicen educación alternativa, otras metodologías activas, otras espacios de aprendizaje autodirigido, ambientes de juego y aprendizaje, ambientes preparados para niñas y niños, etc. Proyectos donde la diversidad es la norma. Un montón de nombres para un buen montón de iniciativas que centran su idea en el bienestar de los niños y entienden que si te sientes bien aprendes mejor. Saben que solo se aprende lo que nos emociona y que si uno tiene que estar protegiéndose de amenazas externas su organismo tarda más tiempo en reorganizarse para el aprendizaje. Como nos dice la psicología evolutiva, una vez que dejo atrás una etapa de desarrollo o un periodo sensible ya no puedo volver para recuperarla. Proyectos que saben que cada organismo comprende perfectamente lo que le conviene en cada momento. Cada niño reacciona lo mejor que puede a las circunstancias que le rodean, los niños cuando parten de sus intereses, de su guía interior se dedican a aquello que les da serenidad y alegría. Proyectos que han comprendido que lo que ellos hacen viene a ser una idea centrada en la mirada abierta y respetuosa hacia la infancia, una idea aplicable en cualquier contexto donde niños, niñas, jóvenes y adultos conviven. Escuelas públicas, privadas, concertadas, ambientes de barrio. Cualquier lugar, la única condición es que los adultos comprendan que dejando a los niños ser y preparando ambientes favorecedores para la infancia, los niños y las niñas responderán formando un carácter favorecedor para ellos y para quienes les rodean. Nacemos colaboradores y generosos con nuestra propia especie. Debemos cuidarlo.