Lo primero, agradecerte de todo corazón por haber participado en el encuentro celebrado por Sarete. También por haberos animado casi toda la familia a venir a nuestra casa y por último por haber accedido a la entrevista. Para nosotras ha sido un auténtico placer.

El placer ha sido mío y de mi familia. Hemos aprendido, compartido y disfrutado mucho en vuestro maravilloso proyecto Kortiñe, que necesitamos que siga creciendo porque simboliza la esperanza de otra crianza y otro modelo de acompañamiento en la infancia.

Vamos a empezar, haznos una presentación, María José, ¿quién eres? Y, ¿qué es la etnopediatría?

Soy madre de un chico de 18 y de una chica de 12 que, desde que nacieron, siempre han puesto a prueba cuanta teoría yo iba estudiando, para demostrar lo poco que sabemos en realidad cuando nos enfrentamos a la maternidad. Todas nuestras certezas se estrellan contra la realidad. Hay una frase que lo explica a la perfección: “Cuando crees que sabes todas las respuestas, tus hijos cambian las preguntas”. La crianza es un ejercicio de humildad y de reinvención constante, de las relaciones humanas y de nosotros mismos.

Además de eso, que ha sido la base experiencial de lo que sé, he estudiado Arqueología y Antropología. La segunda carrera me enamoró de tal manera que seguí con un doctorado sobre etnopediatría, maternidad y crianza infantil, porque no había ninguna tesis doctoral en español sobre esta área.

La etnopediatría es una ciencia poco conocida, que analiza la forma de criar a los niños en distintas culturas, las razones de cada modelo de crianza y sus consecuencias, en salud y enfermedad, no sólo de los niños, sino de los adultos y de la sociedad en general. Porque nada de esto es casual. Cada sociedad muestra, a través de la forma de tratar a los niños, su estructura, sus valores y sus objetivos. El grado de violencia de los grupos humanos, por ejemplo, está muy relacionado con el modelo de crianza, como demostró el neuropsicólogo James Prescott.

¿Cómo describes, desde un punto de vista etnopediátrico, la crianza del siglo XXI?

Creo que podría definirse como el mayor enfrentamiento entre biología y cultura de la historia de la humanidad. Las necesidades biológicas y emocionales de las criaturas, en todas partes del mundo y a lo largo de la humanidad, han sido y siguen siendo las mismas: un embarazo y parto respetuosos con la fisiología, contacto físico para establecer un apego adecuado, lactancia materna a demanda y autorregulación en la alimentación, y respeto en su proceso de desarrollo. Sin embargo, las respuestas que las distintas sociedades han dado a la infancia han sido diferentes en función de razones económicas, políticas y sociales. En la actualidad, la crianza sufre las consecuencias de los valores que son importantes en esta cultura globalizada y neoliberal: el individualismo, la competitividad, la propiedad privada.  Las consecuencias son innegables, el índice de enfermedades y trastornos de los niños en las sociedades industrializadas es enorme y aumenta cada año. Trastornos de la alimentación, como la anorexia, bulimia o sobrepeso; de comportamiento, como el déficit de atención o la hiperactividad; los trastornos del espectro autista, el estrés y ansiedad crónicos o la depresión en niños son habituales hoy en día.

Estas enfermedades y trastornos son exclusivos de esta cultura, como también lo es la falta de tiempo para ser niños, de juego libre sin intervención adulta. Los niños tienen jornadas escolares y extraescolares que superan la jornada laboral en España, ¿cómo no va a tener un efecto en su desarrollo?

Uno de los motivos, que es característico de nuestra época, es la necesidad de controlarlo todo en nuestra cultura. Sin embargo, los procesos vitales, como la maternidad y la infancia requieren lo contrario: tiempo, confianza, dejar que las cosas sucedan sin forzarlas o intervenir en ellas. En esta obsesión de control se entiende la excesiva medicalización de la infancia, el alto grado de diagnósticos y medicación desde edades tempranas, todo lo cual también tiene consecuencias en la salud individual y del grupo humano, que sólo empezamos a comprobar.

¿Qué imagen tenemos de la infancia? Y, ¿qué crees que necesita para mejorar su calidad de vida?

Los adultos creemos que los niños son personas sin pleno derecho, propiedad de los padres, sin capacidad de decisión o de desarrollo por sí mismos. Sin embargo, desde el principio, los bebés son capaces de autorregularse y de saber exactamente qué necesitan, y nos lo hacen saber a través del llanto, por ejemplo, que nos comunica que hay algo que no es correcto y que debemos modificarlo.

Hace falta mucha confianza y humildad para acompañar a nuestros hijos, mucho de creer en ellos y dejarlos ser. Es lo más difícil para los adultos de nuestra sociedad: no intervenir, no proteger cuando no es necesario, no adelantarnos a que nos pidan lo que necesitan. Lo más complicado es acompañar respetuosamente y no hacer nada si no es necesario. El problema está en reconocer que sólo los niños saben lo que necesitan y que, en muchos casos, no tiene nada que ver con lo que les damos o reciben, que suelen ser cosas materiales, dentro del consumo desaforado de nuestra sociedad.

Para mejorar las condiciones de la infancia solo sería necesario respetarla. Respetar su necesidad de presencia y contacto físico durante los primeros años, y respetar también su necesidad de autonomía cuando van creciendo, dejándoles espacio para desarrollarse.

¿Confiamos como sociedad en la fuerza vital del ser humano para crecer y desarrollarse a sí mismo?

En absoluto. No confiamos ni en nosotros mismos y mucho menos en la capacidad de autorregulación del ser humano. En nuestra cultura necesitamos que un profesional nos diga que estamos embarazadas, qué prácticas de crianza seguir o cómo interpretar el comportamiento de los niños, cuando nadie conoce a su criatura como sus padres.

Por una parte, hay un gran desconocimiento sobre desarrollo infantil, incluso entre profesionales que trabajan con niños. Por otra, no hay muchos niños en nuestra sociedad. Muchas mujeres el primer bebé que cogen en brazos es el suyo, nunca han visto amamantar. Así que, entre la falta de experiencia y la desconfianza en nuestro instinto, llegamos a la maternidad perdidas y solas. 

En realidad el ser humano necesita muy poco para ser feliz, necesitamos sentirnos queridos desde el principio, sentir que somos valiosos por nosotros mismos, no por nuestros resultados o por lo que hacemos. Quién no ha sido amado tiene muy difícil dar amor, o respetar cuando no has sido respetado. Probablemente lo único que debemos hacer es querer a nuestros hijos. Todos los niños nacen con su autoestima intacta, es la cultura, la que la va eliminando, creando seres en permanente carencia emocional, lo que nos convierte en perfectos consumidores. Nada es casual, la forma en que cada sociedad trata a los niños obedece a una estructura de control de los individuos. Por eso, también es posible cambiar el mundo desde la infancia. Es lo que hacemos cuando buscamos otra forma de criar y de educar.

¿A qué te refieres cuando hablas de “un mundo hostil para la infancia”?

Me refiero a un mundo que no les permite ser y desarrollarse de forma adecuada, a un contexto que les limita y les niega lo que necesitan desde que nacen. Por ejemplo, a través de las familias cuando se les aconseja que no les cojan en brazos, que no les atiendan cuando lloran, que no deben dormir cerca, que deben ser independientes cuanto antes, que no deben ser protegidos y tener apego y vinculación durante los primeros años. Sin embargo, el apego es de naturaleza adaptativa y necesario para la supervivencia. Es tan importante que influye en la organización del sistema límbico, fundamental en la gestión de emociones, en la capacidad de adaptación y en el control de la agresividad, así como en el proceso de aprendizaje y la memoria. Más adelante, tampoco dejamos que los niños experimenten, que prueben, que intenten. En realidad, todo lo hacemos al revés: les obligamos a ser independientes cuando su dependencia es necesaria, por la vulnerabilidad de nuestra especie, y les sobreprotegemos cuando comienzan a querer explorar y buscar su autonomía.

Las enfermedades e infelicidad de la infancia, y de los adultos, nos demuestran claramente que algo no estamos haciendo bien como sociedad.

¿A qué te refieres cuando dices que cuidar y proteger la maternidad es la mejor inversión que puede hacer una sociedad?

A que es la mejor manera de prevenir multitud de problemas posteriores, de enfermedades, de sufrimiento, en las madres y en los niños. Un 25% de las madres, por ejemplo, sufren depresión en la etapa perinatal, el 19% de ellas padecen depresión postparto. Pero hay un número mucho mayor de mujeres que sufren depresión, que no son diagnosticadas porque no buscan ayuda ni acuden al médico. Más del 40% de mujeres se sienten abrumadas, con ansiedad y depresión durante el puerperio. Si la licencia de maternidad se ampliara a uno o dos años, por ejemplo, como en otros países europeos, ese tiempo permitiría a los bebés estar con la madre, cuidar la etapa de extrema dependencia de los bebés humanos que es la exterogestación, permitir un apego adecuado, darles la seguridad y protección que necesitan para un desarrollo adecuado. También favorecería la recuperación física y emocional de las madres, de todos los cambios producidos durante el embarazo, parto y postparto, que ahora se sabe que requiere de un año. Hay muchas investigaciones que han demostrado que en estos primeros años es cuando se produce el mayor desarrollo cerebral, en esta fase se establecen las bases de la salud mental, de la autoestima de los seres humanos, que determina su salud para siempre, porque influye en su sistema inmunológico y metabólico. El contacto físico afecta al desarrollo psiconeurobiológico de nuestra especie.

La única certeza que ahora poseo es que en la infancia se sientan las bases de lo que somos, de cómo nos vemos y de cómo entendemos el mundo y las relaciones sociales.

Como miembro de PETRA, plataforma de madres feministas, ¿qué opinión tienes sobre el espacio que ocupa una maternidad consciente y transformadora, amorosa y respetuosa con la infancia dentro del movimiento feminista?

La maternidad es la clave desde la que cambiar la sociedad. Las madres, sin embargo, están excluidas de la lucha feminista y no tienen entidad como sujeto político en esta sociedad.

El feminismo sólo ha defendido a las madres como trabajadoras, en relación con el mercado laboral, pero nunca ha luchado por conseguir políticas de apoyo a la crianza, a pesar de que la maternidad es la primera estructura social, la base de cualquier grupo humano. De hecho, el vínculo primal es la relación sobre la que se edifican todas las demás. Es tan importante que, mediante la crianza, cada sociedad educa a sus futuros miembros y transmite sus valores. La primera socialización, por tanto, se realiza con la madre. Sin embargo, las madres que se dedican a los cuidados no producen para el sistema y son consideradas clases pasivas. Así, quedan excluidas del sistema económico, social y político, ya que en esta sociedad las mujeres sólo pueden ser personas de pleno derecho y tener privilegios mediante el trabajo. Por ello, en el futuro el feminismo debe incluir la maternidad respetuosa con la infancia y con la madre dentro de su lucha, y valorar el cuidado como el cimiento de la humanidad.

Desde una mirada etnopediátrica y antropológica, son compatibles la escolarización temprana con el cuidado a las necesidades bioafectivas de la infancia?

Cada familia hace lo que puede para adaptarse a este mundo en el que vivimos y no todos pueden permitirse elegir. La culpa nunca es de las madres y padres, la responsabilidad es de la sociedad que exige tanto y ayuda tan poco. Pero, desde el punto de vista de la salud de los niños, la escolarización temprana es lo contrario a lo que los niños necesitan. Los primeros años constituyen una etapa fundamental en su desarrollo y lo más adecuado es permanecer en su entorno afectivo y familiar. Forzar la independencia en niños pequeños tiene un efecto negativo. La dependencia al principio es necesaria para lograr una autonomía posteriormente. ¿Cuándo sería la edad ideal para comenzar? Cuando cada criatura está preparada, cosa que cada familia sabe, si está conectada con su hijo o hija. En algunos casos será a los dos, en otros a los tres y en otros a los cinco. Cada niño es diferente y hay que adaptar las necesidades adultas a ellos, no al revés. Detrás de la escolarización temprana está la necesidad de los adultos de adaptarse a lo que la sociedad les exige.

¿Cómo te imaginas una sociedad en la que la madre, o la figura de referencia afectiva, y el bebé pudieran saciar sus necesidades auténticas?

Imagino que sería una sociedad basada en las relaciones humanas y no en el éxito individual, cuyas características y valores tendrían que ver con la reciprocidad, la solidaridad social, la ayuda mutua, la importancia del grupo sobre el individuo, la integración y el respeto a las necesidades físicas y emocionales de los niños. Sería una sociedad en la que las enfermedades y trastornos disminuirían porque se estima que el 70% de enfermedades mentales comienza en la infancia y adolescencia. Sin duda sería una sociedad menos violenta, mucho más sana y más feliz.

Entre todas las necesidades infantiles que has descubierto, de manera vivencial y profesional, ¿cuál destacarías?

Sin ninguna duda el contacto físico es la necesidad sobre la que se edifican todas las demás. El contacto físico implica necesariamente presencia, favorece la lactancia materna, permite conocer al bebé, sus características y necesidades específicas, nos enseña a convivir y a conectar con nuestros seres queridos. Pero, además, tiene innumerables beneficios en el desarrollo de las criaturas, físicos y emocionales. Somos seres sociales, estamos diseñados para el contacto físico y la cercanía desde que nacemos.

¿Qué te atrae de la infancia?

La infancia es la etapa más relevante del ser humano. Durante los primeros años de vida todo es posible, la capacidad de ser feliz es innata, nacemos preparados para conectarnos con el mundo. Es la etapa fundamental en la vida de los seres humanos, lo determina todo, es cuando más se muestra el poder de la biología, del instinto, de la naturaleza. La creatividad, por ejemplo, es inmensa. Hay experimentos que han demostrado que los adultos tenemos limitada nuestra capacidad de imaginar, de crear, mientras que los niños la tienen ilimitada y pueden, si se les deja, imaginar y relacionar conceptos que jamás pensaríamos. La vida es puro aprendizaje y disfrute los primeros años de vida, o debería serlo. La relación con la comida, por ejemplo, tiene mucho que ver con la relación con la madre, que es en principio la primera fuente de nutrición (física y emocional). Tampoco es casualidad que la mayor parte de las adicciones sean orales: tabaco, comida, drogas. La primera forma de conocimiento del mundo se produce a través de la boca. Todo en nuestra vida está relacionado, en definitiva, con cómo vivamos esos primeros años.

En Sarete creemos que nuestros propios hijos e hijas son un magnífico entorno preparado. También consideramos nuestra maternidad como una oportunidad para poder seguir creciendo como personas, aprender y desplegar nuestra capacidad de amar, esto no solo lo posibilita la maternidad sino que existen muchos contextos donde se puede dar. Lo que sí creemos que la maternidad tiene el poder de convertirse en un espacio fundamental de activismo  político y de transformación social. ¿Qué me puedes decir sobre esto?

La infancia en otras culturas demuestra sin lugar a dudas que las criaturas saben lo que necesitan y que sólo hay que darles lo que piden, cercanía al principio, y dejarles ser, después. Hay grupos humanos, como los yecuana y sanema, que estudió Jean Liedloff en la selva venezolana, en los que los bebés se crían en ambientes llenos de peligros (desde nuestra perspectiva), como barrancos, ríos caudalosos, cuchillos y armas, sin sufrir daño alguno. Manejan arco y flecha desde los dos años de edad, a los cuatro pueden pescar, preparar fuego, alimentarse por sí mismos y sobrevivir. Objetivamente, ¿son más autónomos e independientes nuestros niños y niñas? Sin embargo, es a nosotros a quienes obsesiona la independencia,  mientras que para ellos lo realmente importante es el grupo, las relaciones sociales. Es paradójico.

¿Cómo fue tu infancia? ¿Consideras que está influyendo en tu vida adulta?

Mi infancia, como la de la mayor parte de los niños de los años 70, estuvo marcada por un padre ausente y una madre ama de casa, sobrepasada por la crianza y por la falta de valoración en una sociedad tan machista como era aquella. Por supuesto, fui criada con leche artificial, la comunidad médica consiguió hacer creer a una generación entera de madres que, o no tenían leche, o no era buena para sus bebés. Mi madre me daba el biberón mientras sus pechos rebosaban leche y manchaban su ropa.

La maternidad nos conecta con nuestra propia infancia y por eso es una etapa de vivencias duras y de gran autoconocimiento, de lo que somos y de por qué, pero también de cómo queremos ser y de cómo queremos que sean nuestros hijos. La maternidad es una oportunidad de agradecer a nuestras madres, que hicieron lo que pudieron, y de intentar reconstruirnos como personas, de crecer, desaprender para aprender, conocer y reconocer. Pero, sobre todo, de asumir que quienes de verdad nos enseñan, son los niños a los adultos, nunca al revés.

Muchísimas gracias María José, ha sido un placer haber tenido la oportunidad de compartir este ratito contigo y tus reflexiones. Te deseamos lo mejor en tu camino transformador y de lucha y junto a tu maravillosa familia.